Antes de que los niños nacieran de los vientres de las madres, eran las cigüeñas blancas o comunes las encargadas de traerlos de París. Una de ellas era la cigüeña macho Dimitri, nacida en la República de Ucrania, que un día aprobó con muy buenas notas la carrera de Técnica Transportista de Crías Humanas.
Durante años hizo su acarreo a la perfección, evitando con sabiduría las tormentas o el tráfico aéreo y acunando cariñosamente al niño si se despertaba en el camino. Hacía la ruta internacional París-Italia. Pero todo cambió el día en el que, parando a comer en una humedal, encontró la cigüeña más hermosa que nunca había visto, Natasha, nacida en Polonia. Hicieron juntos el viaje de vuelta y al separarse sintió el dolor de su ausencia. Mas en el siguiente viaje, la descubrió de nuevo en el humedal y se puso a descansar con ella, sin enterarse de que una garza le llevaba el niño. Se lo dijo una rana, a la que a cambio llevó en el pico para que conociera París, mas no dio recuperado la cría humana. Como la familia no había denunciado la falta del niño, fue a la dirección y confirmó que la garza Nicoletta, que siempre había soñado con ser transportista como las cigüeñas, había hecho el trabajo con eficacia. Entonces pidió vacaciones anticipadas, llevó la rana Ra a conocer París y le declaró a Natasha sus sentimientos. Y presentó la renuncia a su trabajo por incompetencia, no sin antes convencer a la cigüeña jefe de que le permitiera a la garza hacer el examen de selectividad para accedar a la carrera hasta entonces reservada a las cigüeñas.
Desde ese día, Dimitri se retiró al humedal en el que vivía la rana Rana, en donde apareció Natasha, dispuesta a emprender con él su primera migración hacia el sur. La rana, cuando los vio marchar felices no pudo evitar que unas lágrimas saladas le escurriesen por la mejilla abajo y se le encharcaran en los labios (de haberlos tenido).







